aritz_aranburu-noche-mundaka-foto-pacotwo

Nadie más cabezón que Aritz Aranburu. Siempre una más…hasta que se le hace de noche. Foto: Pacotwo

Conocemos gente a la que se la ha tragado el mar y no se le ha vuelto a ver tras decir esa frase.

La cosa parece tonta a simple vista, ¿verdad?. Sin embargo alberga tantas variables (con sus irremediables consecuencias) que pueden alterar por completo la sensación de una sesión o el humor con el que afrontes el resto del día.

Para empezar, basta con que pienses (ni se te ocurra decirlo en voz alta) “pillo una y salgo” para que el mar se duerma y no genere otra serie en veinte minutos. Conocemos gente a la que se la ha tragado el mar y no se le ha vuelto a ver tras decir esa frase. Bueno, vale esto es mentira. Pero sí conviene extremar precauciones a la hora de anunciar al grupo una última ola a menos que no quieras pasarte flotando un buen rato con el consecuente combo: destemple + cabreo.

Los expertos recomiendan no prolongar los baños en exceso y ponerles fin cuando estés en el climax de tu rendimiento. Con ello favoreces la motivación, la autoconfianza y el buen humor de cara a tu próxima sesión o el atasco que te espera de vuelta a la ciudad.

Esa es la teoría. La práctica es bien distinta ya que a ver quién es el guapo que se sale del agua ese día en que por fin las olas son cojonudas y parece que todo te sale. Por eso tú sigues y sigues hasta que empiezas a pifiar olas, a fatigarte en las remadas… Pero nada, ‘erre que erre’. Ahí sigues hasta que, efectivamente, tu super sesión va convirtiéndose en una gráfica descendente de aciertos y todo comienza a nublarse. Todas las series te pillan fuera de sitio y no haces más que acumular patos… ¡Debieras haber hecho caso a los expertos!

…Y encima, para colmo, retención de hora punta.

Una última situación es esa en que, aún conservando cierto humor y energía, tu reloj te empuja hacia fuera. El dentista, el curro, hora en la peluquería, cierran el super… ¡Qué se yo! Cualquier limitación horaria de esas que nos estrujan día a día al común de los mortales. Pese a ello, tú, metepatas infatigable, vuelves remontando al pico con el fin de coger una más. Ese acto kamikaze va a suponer tener que conducir el doble de rápido, llegar tarde, pedir perdón, soportar caras largas, tener que comer con pan de ayer… En fin, y todo por coger una más. ¡Sólo una más!

Semejante empacho de olas a veces produce el efecto menos deseado por todo surfista…tener que salirse remando. Nada más humillante.

¿Qué tienen las dichosas olas para engancharnos de este modo? ¿Con qué maldita sustancia nos riegan el cerebro? A veces pifias y quieres otra más para redimirte y no salir con mal sabor de boca. En otras ocasiones, lo haces tan bien que esa sensación de acierto tan agradable te atrapa como a un yonki y cuando te quieres dar cuenta ya estás remando de nuevo hacia dentro y a contrarreloj.

En fin, las olas nos tiene atrapados. Somos marionetas a su merced, sin iniciativa propia y tan dispuestas a hacer lo que sea por ellas, que aceptamos cualquier castigo con tal de acumular una más.

Atascos, enfados, impuntualidad… ¿Qué mas da? Nuestro alter ego marino traga con todo eso porque, a diferencia del resto de cosas mundanas que nos consumen a diario, no sabemos qué nos deparará un baño ni hasta dónde puede llegar, de ahí que cada sesión sea una especie de regalo muy bien envuelto. Y al fin y al cabo, ¿hay algo mejor que ir rasgando el papel poco a poco, prolongando lo más posible esa alocada euforia infantil?