Crónica de un desconfinamiento

Los picos estos últimos días han traído grandes conversaciones y frases para enmarcar. Carlos Serrano nos trae una recopilación y seguro que más de una ya la hemos oido o quizás hasta la hayamos dicho.
Fotografia de Mario Castro
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El norte de España lleva ya más de una semana en Fase 1, pero el verdadero desconfinamiento para quienes contábamos los minutos para regresar a la mar ha comenzado este lunes. Las olas han hecho su aparición en el Cantábrico a cuentagotas, con sesiones pequeñas y soleadas que anticipan un verano que se las promete, cuanto menos, atípico. Para empezar, porque en estos liberadores baños, una vez que las olas ahuyentan a quienes sólo desean flotar sobre una tabla, abundan las caras conocidas. Sin capuchas que oculten rostros ni gestos silenciosos por el frío, el pico habla, comenta, cuchichea, y se cuenta las aventuras del trauma vivido.

En algunos momentos, aquello parece más un bar legal que una playa cuyo horario termina a las diez de mañana. Carlos Beraza, mítico pionero cántabro, pide a gritos que quien escribe estas líneas se moje en todo este asunto que nos ha tenido confinados más de cincuenta días. Sin embargo, ¿queda algo que decir sobre el coronavirus que no haya sido enunciado por alguno de los cientos de miles de expertos que anidan en cada árbol de la península? A mi modo de ver, no creo que exista mejor crónica del desconfinamiento, con todos sus matices, que las conversaciones que se están produciendo estos días en los picos de toda España. Aquí va una muestra recopilada en grupos de chat, parkings y spotsde lo más variado: ríanse si se dan por aludidos.

 

«¡Voy a tirar una granada!»

Local mítico, 60 años aprox. Playa de Liencres, Cantabria.

Ni el mismísimo Miki Dora hubiese sido capaz de firmar tal advertencia. Las aglomeraciones en los picos desatan la lengua de quienes acusan en sus carnes las cervezas ingeridas durante la cuarentena. Tampoco el pseudo- pro que se ha pasado el confinamiento enganchado a entrenamientos online soporta verse rodeado de competidores. El regreso al agua no ha estado exento de broncas: la “nueva” normalidad se parece a la anterior.

 

«Oye, ¿no me has visto?

Estaba a dos metros de ti… ¿Y eso se puede, no?»

 Surfista justificando una saltada, 35 años aprox, playa de Somo (Cantabria)

España es un país donde las normas se siguen a rajatabla. Eso lo sabe todo el mundo. Y  si el BOE dice que la distancia permitida son dos metros, eso va al bar, porque las misas aún están prohibidas. La picaresca aflora entre quienes se traen las normas de la tierra al agua, y en este caso, el concienciado saltador debió soportar una bronca donde no se respetó la distancia sanitaria.

 

“¡Os veo muy juntos!”

 Cualquiera que desee hacerse el gracioso, en cualquier playa de España

Esta frase suele venir acompañada de risas, pero no merece tanto humor como en pasadas coyunturas. No sólo las webcamsnos vigilan: abundan los paseantes infrecuentes armados con móviles, dispuestos a ser los primeros en decir en un grupo de Facebook que los surfistas se pasan la distancia sanitaria por el forro del neopreno. Prudencia y cabeza, en especial los más jóvenes: de todos depende no volver atrás.

 

“¿Habrá verano?”

 Un monitor pregunta a su amigo, 23 años aprox. Playa de Salinas, Asturias.

 La estación llegará, y la Tierra, indiferente a nuestros, se aproximará al Sol como lleva haciendo desde el día en que Jordi Hurtado comenzó a trabajar. Esto último es precisamente lo que preocupa a quienes no conciben el verano como unas vacaciones, sino la temporada de ingresos más rentable del año. Las dudas entre monitores, dueños de escuelas y surf shopsson más numerosas que las olas, y las respuestas llegan con periodo cinco y escasa fuerza: nadie sabe lo que pasará hasta el próximo parte.

 

“Los alemanes y holandeses ya se pueden ir buscando otro sitio”

Xenófobo local, 40 años aprox. Playa de Merón, Cantabria.

Hay quienes no necesitan una cacerola para hacerse de notar. Mientras muchos chiringuitos, locales de playa, hoteles y alojamientos renuncian a abrir este verano, y tantos otros se aprietan los cinturones, hay quien todavía rechaza la única riqueza que han conocido cientos de pueblos diseminados por la costa norte de España: el turismo. Una anciana cántabra dijo una vez, tras escuchar las alabanzas de unos madrileños al paisaje del Cantábrico: “es muy bonito, pero las vistas no dan de comer”. El turismo si lo hacía; la xenofobia, por suerte, no.

 

«¡Dale, dale, vamos juntos!»

 Surfista desconocido a otro extraño, 33 años aprox. Playa de Berria, Cantabria.

Hasta ahora he mencionado frases excepcionales. La norma, sin embargo, ha sido el buen rollo, la ilusión de los reencuentros, y la sorna con los más “buitres”. La cuarentena parece haber calmado los ánimos de muchos, y sin embargo, todos sabemos que pronto todo volverá a la normalidad. Hay quienes se empeñan en acuñarla con epítetos como “nueva”, “vieja”, pero ni antes éramos tan malos, ni saldremos de casa siendo mucho mejores. Los temporales no siempre arreglan los malos fondos; ha tenido que venir uno muy gordo para comprobarlo.

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