Pablo Montero. Surfing tranquilo en las Islas “Encantadas”

Este mes de marzo lo pasé en Ecuador, centro de la Tierra pero no de América, uno de los tres últimos países del lado del Pacífico que me quedaba por conocer.

Había ido a visitar a mi amigo Bastien Hurtado. Las olas estaban siendo bastante buenas y el sol pegaba a más no poder. Estábamos de lujo.

Un día, Bastien recibió una llamada desde las Islas Galápagos avisándole de que el primer gran swell del año estaba de camino al archipiélago. Me propuso ir a surfearlo. No lo pensé ni un segundo y me embarqué en esta nueva aventura. Y es que ¿quién no lleva escuchando toda su vida la historia de Charles Darwin y de su viaje a las Islas Galápagos en el que basó la teoría de la evolución por selección natural? Yo quería ver ese sitio en directo. Me ardía la curiosidad por saber cómo era. Quería tener la clase práctica de Ciencias después de tantos años de teoría. Y aún por encima tenía la excusa perfecta: daban olas!

Ya en el aire de camino, cuando por fin pude ver por primera vez las islas, sentí algo mágico. No sé si fue lo mismo que sintió Darwin pero la visión que tuvo que tener él no pudo ser muy diferente a la mía ya que apenas se modificó nada de la isla desde entonces. Es algo así como las Islas Canarias pero vacías de edificios y llenas de animales, llenas de vida. Además, el mar que las rodea tiene un color azul turquesa mega-transparente que te permite ver la sombra de los peces más grandes desde el avión.

Todo este espectáculo de la naturaleza intacto es gracias al plan de turismo ecológico que se está desarrollando en las islas con el fin de preservar las especies. A mi me cobraron 100 dólares por entrar como extranjero pero los pagué encantado sabiendo que con ese dinero se ayuda a conservar la grandiosa biodiversidad de flora y fauna que hay, la cual le hizo ganarse la denominación de “Islas Encantadas”. Es que se ven tan puras…

Apenas hay turismo y seres humanos, yo creo que los leones marinos nos superan en número allí! Da mucho que pensar. Otra prueba más de que el ser humano no es más que otro mero habitante de este planeta, y no su dueño como algunas personas piensan.

Por si todo esto fuese poco, el amigo local de Bastien era un tío diez, además de ser un gran surfista. El primer día que llegamos estaba dando un concierto con su hermano y unos amigos en el bar del pueblo. Tocaban una música muy tranquila, como el surf que se hace allí. Para continuar con la tradición empezamos a reunirnos en ese bar todas la noches, jugábamos al billar, nos relacionábamos con la gente local y hablábamos de las sensaciones de disfrute que produce surfear olas así. La vida era bien bonita y simple en “Las Encantadas”.

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Muchas horas caminando alrededor de la isla que se vieron recompensadas por la calidad de las olas y la naturaleza que las rodea. Foto: Fico Calderón (@latravesia.surf)

 

Nos solíamos levantar a la hora que queríamos pues el “crowd” (la cantidad de gente surfeando) no era un problema y el viento siempre salía ya de noche, a veces bueno y a veces malo.

Desayunábamos un encebollado (es como una sopa de pescado) en “Encebollados El Maremoto” con lo que se pescaba en ese mismo amanecer y cogíamos un taxi directo a la zona de olas, desde allí, viendo el mar, decidíamos caminar hacia la izquierda o hacia la derecha. En total teníamos cuatro posibilidades de olas, todas ellas sin gente y funcionando todo el día. Podías surfear hasta la sobredosis. O hasta que el Sol abrasador te ganase la partida. A mi me la ganó y me dibujó un “mapita” en la espalda que me llevé de recuerdo.

La primera opción que teníamos al llegar a esta zona era un pico llamado “La Lobería”. Éste rompía a izquierda y derecha y era muy sensible al swell. Tenía olas todos los días aunque lo que más tenía eran leones marinos (de ahí el nombre). Muchos de estos leones marinos se acomodaban en tu mochila mientras surfeabas y al salir no les podía echar tocándolos porque se les quedaba impregnado tu olor de humano y luego no los querían en su familia.

A la derecha de “La Lobería” estaba “El Velero” y más a la derecha, “El Pico”. Por último, ya al fondo, teníamos la joya de la corona: “El Tongo”. Una izquierda kilométrica y carveable a la que se podía ir andando (45 minutos) desde donde te dejaba el taxi o se podía atravesar el aeropuerto para llegar antes. Lo de atravesar el aeropuerto era una buena opción pero en el momento en el que yo fui la policía estaba un poco tensa porque recientemente unos surfistas habían atravesado la pista justo cuando un avión estaba aterrizando y éste tuvo que subir de nuevo in-extremis ante los ojos de todos los asombrados presentes.

Lo mejor de todo es que, por si estas olas solitarias no fuesen suficientes, había por lo menos dos más. Una izquierda llamada “El Cañón” que justo no se podía surfear esa semana porque tenía un barco encallado y lo estaban vaciando. Y una derecha llamada “Carola” que funciona con swell del norte y que se dice que es una de las mejores derechas de América… Por desgracia sólo nos entraron swells del sur así que tendré que volver!

GALERÍA
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