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Había ido a visitar a mi amigo Bastien Hurtado. Las olas estaban siendo bastante buenas y el sol pegaba a más no poder. Estábamos de lujo.

Un día, Bastien recibió una llamada desde las Islas Galápagos avisándole de que el primer gran swell del año estaba de camino al archipiélago. Me propuso ir a surfearlo. No lo pensé ni un segundo y me embarqué en esta nueva aventura. Y es que ¿quién no lleva escuchando toda su vida la historia de Charles Darwin y de su viaje a las Islas Galápagos en el que basó la teoría de la evolución por selección natural? Yo quería ver ese sitio en directo. Me ardía la curiosidad por saber cómo era. Quería tener la clase práctica de Ciencias después de tantos años de teoría. Y aún por encima tenía la excusa perfecta: daban olas!

Ya en el aire de camino, cuando por fin pude ver por primera vez las islas, sentí algo mágico. No sé si fue lo mismo que sintió Darwin pero la visión que tuvo que tener él no pudo ser muy diferente a la mía ya que apenas se modificó nada de la isla desde entonces. Es algo así como las Islas Canarias pero vacías de edificios y llenas de animales, llenas de vida. Además, el mar que las rodea tiene un color azul turquesa mega-transparente que te permite ver la sombra de los peces más grandes desde el avión.

Todo este espectáculo de la naturaleza intacto es gracias al plan de turismo ecológico que se está desarrollando en las islas con el fin de preservar las especies. A mi me cobraron 100 dólares por entrar como extranjero pero los pagué encantado sabiendo que con ese dinero se ayuda a conservar la grandiosa biodiversidad de flora y fauna que hay, la cual le hizo ganarse la denominación de “Islas Encantadas”. Es que se ven tan puras…

Apenas hay turismo y seres humanos, yo creo que los leones marinos nos superan en número allí! Da mucho que pensar. Otra prueba más de que el ser humano no es más que otro mero habitante de este planeta, y no su dueño como algunas personas piensan.

Por si todo esto fuese poco, el amigo local de Bastien era un tío diez, además de ser un gran surfista. El primer día que llegamos estaba dando un concierto con su hermano y unos amigos en el bar del pueblo. Tocaban una música muy tranquila, como el surf que se hace allí. Para continuar con la tradición empezamos a reunirnos en ese bar todas la noches, jugábamos al billar, nos relacionábamos con la gente local y hablábamos de las sensaciones de disfrute que produce surfear olas así. La vida era bien bonita y simple en “Las Encantadas”.