Habéis mostrado tantas pistas sobre esto… ¿qué sentido tenía? ¿Para que ganéis dinero? Habéis revelado literalmente la ubicación. Con las pistas que habéis dejado, todos estos lugares ahora están al descubierto ante el mundo entero. 10 000 visitas en 6 horas. ¿Y para qué?
Así comenzaba el comentario más votado en un reciente vídeo en Youtube de una famosa revista que invierte mucho dinero en llevar a surfistas a lugares “desconocidos” a surfear.
Surge a menudo el debate (indefendible) sobre de quién es una ola, de si debemos proteger las olas que conocemos, si debemos intentar cuidarlas lo máximo posible. No hay debate, porque es indefendible pensar que el tesoro más preciado que tenemos no debería protegerse.
En este mundo donde la racionalidad brilla por su ausencia, donde el consumo y el individuo se deben situar por encima del bien común, aparecen gentes que como tienen que vivir de algo se dedican a postear fotos o vídeos sobre determinados recodos marinos, enseñando olas que muchos llevan callando desde hace mucho tiempo. En este momento, el individuo que sube la foto no puede tener un beneficio más que individual, un beneficio de aumento de ego o en el mejor de los casos de aumento pecuniario.
Pensando más allá, esta publicación no aporta nada a la comunidad. Una publicación más en un mar de likes y comentarios. Esas publicaciones solo aportan masificación y destrucción. Determinados youtubers o instagramers, gente poser en definitiva, se quejan de no poder hacer su trabajo, de que muchas veces son vilipendiados… Cómo no vas a serlo, tu única aportación se basa en petar las olas más preciadas con miles de personas, la mayoría de ellas sin un nivel decente, con el único fin de hacerte famoso y mejorar tu ego.
Decía Aleksandr Solzhenitsyn que la sociedad se ha quedado indefensa antes los Derechos del individuo, en vez de hablar de derechos humanos deberíamos comenzar a hablar de obligaciones humanas. Nadie tiene el derecho de proteger una ola, pero sí la obligación moral de hacerlo.




