Me duermo. Llamo al curro para pedir disculpas y tratar de ganar algo de tiempo. El jefe me dice que es normal que me haya dormido, que trabajo demasiado y que por eso me concede el día libre.
Hace un sol de espatarrar, no dan olas y ya es medio día. Aún así cojo el coche y decido acercarme hasta la playa. Justo sale uno y me deja un sitio y cuatro pasos de la arena. Me asomo a ver el mar: ¡joder, pero si hay medio metrito! No hay nadie en el agua (seguramente a causa de los partes que daban de forma inequívoca un platazo descomunal), pero la única ola decente cuadra con la zona de baño. Putada.
De repente, surge de la nada un nubarrón y rompe a llover. Los bañistas salen ‘escopetados’ del agua y los socorristas corren a refugiarse a la caseta de salvamento. Aprovecho la coyuntura y me lanzo al agua como un poseso: agua caliente, olitas tontorronas para mí solo y encima me plancho un ‘full rotation’ en cada intento.
Un par de tipos me observan desde la arena con gesto de aprobación. Creo que uno es el ‘team manager’ de una conocida marca y justo viene hacia mí, sonriendo y con su tarjeta de visita en la mano…
Os lo creáis o no, todo esto que os cuento es lo que no me pasó ayer.







