Iker Amatriain sintiendo el agua salada. Foto: Pacotwo

¿No te ha ocurrido que, en alguna ocasión, te basta con sumergir la cabeza en el mar para sentirte mejor?

Nosotros no vamos a dárnoslas de ‘anti todo’ puesto que hemos visto las imágenes del rancho de Kelly y Wavegarden, las hemos comentado con nuestros colegas y, sobre todo, como a cada uno de vosotros, se nos ha hecho la boca agua al ver esas olas.

Sin embargo, todo este show mediático-piscinero-robótico-mecánico ha despertado una nueva cuestión que atañe directamente a la raíz esencial del dilema: la manera en la que cada uno de nosotros puede llegar a concebir el surf.

Está claro que hay mil formas de sentir el surf, tantas como colorines en los neoprenos de hoy en día. Sin embargo, con todo el tema piscinero, dos de ellas parecen enfrentarse vivamente.

Por un lado está quien aprecia el surf en todo su conjunto, es decir, esa comunión con la naturaleza y la variabilidad de los medios al margen de lo puramente relacionado con la perfección de las olas (un aspecto esencial, obviamente). Digamos que esta es una visión más profunda y espiritual.

Y por otro está lo estrictamente técnico. Esa visión que se centra en el rendimiento y la infalibilidad con el único fin de potenciar el perfil atlético.

Hace años, cuando no existía internet ni el surf se arrimaba a la palabra “entrenamiento”, uno sólo podía concebir este deporte como una filosofía ligada a la liberación personal. Se buscaba en el mar la desconexión total con el mundo, ya fuese romper con una rutina de trabajo (un curro generalmente escogido para poder entrar a diario aunque implicase vivir con lo justo) o demás historias personales que nos acaban por atrapar y absorver.

De este modo uno vivía por y para el surf adaptando su horario al del mar, el viento y la marea. De ahí que la magia y el azar de todos estos elementos formasen parte del encanto del surf, que brindaba, en última instancia, un buen baño cuando a la madre naturaleza le venía en gana.

¿No te ha ocurrido que, en alguna ocasión, te basta con sumergir la cabeza en el mar para sentirte mejor? No hace falta coger la ola del día, a veces basta con sentarte en el pico y mirar hacia atrás. Ver esa montaña, ese prado… oler y sentir el frío de la mañana. Notar la lluvia y, mientras todos corren a protegerse de ella, que a ti te dé igual. Echarle un pulso a la corriente de la ría, jugar a esquivar esa puta roca que puede abrirte una brecha pero que, sin embargo, está ahí para esculpir una ola…

¿Realmente la perfección mecánica puede competir con todo ésto? ¿De verdad cambiarías esa embestida de vida entre los acantilados por unos metros de pared con sonido de locomotora y olor a diesel? No respondas ahora, aguarda…

Cuando salimos derrotados de otro baño con olas de mierda, mal viento, fondos cutres… Nos cagamos en todo. Joder, en momentos así rezaríamos por una buena pared y, como vosotros, nosotros también nos tiraríamos a la piscina de cabeza. Pero si eso ocurriera de continuo, ¿qué quedaría de todo ésto? ¿Qué sería de nosotros como surfers?

No es lo mismo surfear la perfección de Indo, una perfección concedida por la madre naturaleza, alterable y efímera, que otra producida por la disposición física e inalterable de un puñado de baldosines. ¿Acaso no es la fugacicidad de algo la medida del gozo que nos causa su obtención?

Al fin y al cabo, ¿quién sabe lo que las olas te van a deparar mañana? Sin duda, muerte o gloria.