¡No me pidas parafina!

Esa santa pastilla viene a costar unos tres pavos, una cantidad que a la mayoría de nosotros nos jode desembolsar más que si nos sacaran una muela; pero si lo piensas, no es más caro que una birra y encima se prolonga mucho más en el tiempo.
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Llegas con tu parafa a la playa y la sacas con cuidado de que nadie te vea, como Gollum con el anillo, pero estás jodido si te cruzas con los únicos tres personajes a los que no le puedes negar su dosis:

a) El típico amigo que no suele ir a la playa y, por tanto, ¿para qué va a comprar parafa?.
Te dan ganas de decirle: “cabronazo cómprate una puta pastilla por una vez en tu vida”, pero para una vez que viene….

b) El típico amigo que suele tenerla pero justo hoy no. Un día que además está pequeñito y ha decidido entrar con su tablón, el cual está limpio y sin rastro de parafa.
Estás jodido hermano.

c) El típico conocido del agua que viene a pedirte mientras tú aún estás echando en tu tabla.
¿Serías tan ruin como para negarle unas pasaditas y arriesgarte a quedar de máximo rata el resto de tus días?

En definitiva, que de esa hermosa pastilla de formas suaves con la que dan ganas de hacerse un selfie sólo te queda una cuña fea y sucia que vas a apurar hasta que las uñas te rocen la tabla, como el fumador que se fuma hasta el filtro.

Entonces entras al agua cabizbajo, puteao y como con mal sabor de boca…. Te has bebido la birra del trago.

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